Estos días, la palabra tolerancia viene rondado en mi cabeza de muchas formas y no pude evitar comentarlo con ustedes.

Para nadie es un secreto que nuestra generación a tenido que sortear grandes cambios sociales, políticos y culturales que nos van transformando como país.

La llegada de inmigrantes es una de ellas y ha significado que mientras algunos aplauden sus aportes de lenguaje, comida y cultura, otros reclaman contra la falta de trabajo, oportunidades y racismo.

Para mi, personalmente, nunca me enseñaron esto de la “multiculturalidad“, lo aprendí en el camino, ya que sí se le decía negritos a quienes veíamos de otro color de piel más oscura que la nuestra, no con un tono despectivo, pero se marcaba que eran diferentes. Me pasó lo mismo con los “gringos” esos que cuando pequeña nos contaban historias sobre Dios en la cuadra y llegaban muy terneados y con su brillante color amarillo en la cabeza. Los chinitos (aquí reunía a todos, Chinos, Coreanos, Japoneses, etc.) Ellos también eran diferentes. No mejores, no peores, diferentes.

Hoy, cuando alguien trata mal a un inmigrante, me da rabia, ya que cuando uno sale del país, se convierte en inmigrante, y no hay nada más rico que te traten bien, te ayuden y que contribuyan a que tu estadía en su país, sea lo más placentera posible.

La mayoría de los haitianos, colombianos y más que llegan a Chile, no lo hacen por vacaciones o por que estén aburridos en sus países, lo hacen por necesidad. Dejan familias, dejan un mundo que no le está siendo justo y buscan nuevas oportunidades en un lugar lejano, desconocido y lamentablemente hostil.

Por eso, debemos ayudar a quienes lo necesitan, ya sea más negrito, más blanquito, más pequeño o más grande. Debemos centrarnos en la persona, en sus necesidades básicas y cómo podemos nosotros aportar nuestro granito de arena.

Pero ojo, acá también quiero destacar a quienes, levantando la bandera de la tolerancia, son intolerantes y comienzan con el discurso, si le dices negro es racismo, si le haces un chiste es racismo, etc. No debemos ser tan graves y entender que todo cambio social es un proceso  y no un cambio de un día para otro. No a todos nos enseñaron de la misma manera, pero debemos construir un mundo donde gane el respeto, el amor y la tolerancia, bien entendida.

Estoy en contra del maltrato a quienes buscan trabajar honradamente y quienes se esconden en “la manos de obra barata” para criticar a los inmigrantes. Si ellos trabajan por menos, es por necesidad, no por que lo quieren así. ¿Y si los chilenos en vez de reclamar, nos especializamos, seguimos estudiando y vamos avanzando?

Por eso, mi llamado es a ser tolerantes con los intolerantes. Y no por defender a quienes lo necesitan, comenzar una cacería de brujas por palabras o chistes, que están inmersos en nuestra cultura y que debemos ir cambiando, pero no de un tirón.

Construyamos desde el amor y no desde el odio.

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